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experiencias y comentarios sobre un traductor iniciado

viernes, 16 de abril de 2010

Aromas

Sin querer, y sin darnos cuenta, cuando consideramos el hecho de que el tiempo pasa, la perspectiva de ciertos acontecimientos, por así decirlo, rota. No hablo de eventos magníficos ni de grandes proyecciones que se crean a partir de ese momento, sino de las cosas que al ser tan cotidianas pasan por nuestro lado desapercibidas. Y cómo no, si su propia esencia es volátil, pasajera.

Busco en mi frágil memoria y trato de encontrar cuál es el primer aroma que recuerdo. Primera opción: los olores de las comidas, de las primeras, las de la infancia. Cuando en mis múltiples mundos de niño atravesaba la cocina y veía y ayudaba a preparar la comida. Ah, como despiertan súbitamente el apetito los sofritos, la verdura picada, las especies. El jugo de las cosas que se entremezclan y forman nuevos olores, nuevas combinaciones y posibilidades del olfato. Son, a veces, olores fuertes, que impresionan, como la pimienta o el apio, u olores suaves y breves, como la mermelada y la lechuga. Sin duda, todos tentadores.

miércoles, 27 de enero de 2010

La iniciación

Como muchas cosas en la vida, la traducción no llego a mí como algo espontáneo, mas bien, creo que fue tan solo la continuación de esas pasiones inocentes que nos atrapan desde pequeños. Cuando era niño, gran parte de las historias de los libros me absorbían por completo, estaba inmerso en el espacio, los olores, lo verde, lo natural y lo fantasioso. Existía tras estas cosas una conformación metafísica muy personal que superaba con creces las condiciones de la realidad; dos mundos existían en ese tiempo, pero sólo uno era secreto, vedado y tranquilo. Sin embargo, nada había en él que fuera reflexivo o categórico, yo era solamente un observador silencioso de las ranas hablantes y los castillos, seguía con la emoción palpitante la aventura.

Con el tiempo, nuevos valores abrieron sus puertas, nuevos viajes. Esta vez, en cambio, fueron viajes en la tierra, el cielo más bien. Las estrellas y lo vasto del azul nocturno exhalaban un profundo respeto a lo presente, a la forma absoluta del universo. Los libros en este tiempo se confundían con mis juegos de pubertad, o, de alguna manera los acompañaban. Pequeñas travesías por los bosques, playas y acantilados fueron nutriendo sueños sin saberlo, recuerdo los momentos en que cumplía subconscientemente el papel originario.

Luego vino el tiempo dialéctico. A estas alturas, fui arrancado de la antigua realidad y lo mundanal de la vida adquirió el rol preponderante. La filosofía, política, religión y demases establecieron directrices que seguir, el cuestionamiento a lo establecido fue mi principio y el razonamiento lógico y científico mi ideal de práctica cotidiana.

En todas estas épocas, sin embargo, me acompañaron las palabras. Muchas de ellas venían dañadas, averiadas en sus partes más fundamentales. Gran parte de ellas no eran mías, de hecho, sólo algunas me pertenecían por legítimo derecho, y todo esto fue así hasta que encontré la fuente. En ella brotaban interminables las palabras, las ideas, las personas, pero, por sobre todo, fluían inexorables el movimiento y la corriente: la misma dinámica que motiva el presente.